En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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El estrato en que se abría la oquedad no tenía más de siete u ocho pies de espesor, pero se extendía indefinidamente en todas direcciones y se respiraba en ella un fresco vientecillo que hacía pensar que pertenecía a un extenso sistema subterráneo. Techo y suelo mostraban abundancia de grandes estalactitas y estalagmitas, algunas de las cuales se unían formando columnas; pero lo más importante de todo era el vasto depósito de conchas y huesos que en algunos lugares casi obstruían el paso. Arrastrados por las aguas desde desconocidas selvas de helechos

arborescentes, hongos mesozoicos, bosques de cicaidaceas, palmeras de abanico y angiospermas primitivas del terciario, había en este óseo depósito más ejemplares de especies de animales del cretaceo, del eoceno y de otras ¿pocas que las que hubiera podido contar y dasificar el más sabio paleontólogo en un año. Moluscos, caparazones de crustáceos, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos primitivos, todos ellos grandes y pequeños, conocidos y desconocidos. No es de asombrar, pues, que Gedney volviera al campamento corriendo y gritando, ni debe maravillar que todos los demás dejaran el trabajo y corrieran desafiando el cortante frío hacia el lugar donde la torreta señalaba el emplazamiento de la recién descubierta entrada a los secretos de la tierra interior y de pasados eones.


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