En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Cuando Lake hubo satisfecho las primeras punzadas de la curiosidad, garrapateó un mensaje en su cuaderno de notas y encargó al joven Moulton que lo llevara inmediatamente al campamento pára que lo radiaran. Fue aquélla la primera noticia que tuve del descubrimiento, y en ella se hablaba de la identificación de conchas primitivas, de huesos de ganoides y placodermos, de vestigios de laberintodontes y tecodontes, de grandes trozos de cráneos de mesosaurios, vértebras y pedazos de caparazones de dinosaurios, de dientes y huesos de alas de pterodáctilos, de restos de aves primitivas, dientes de tiburón del mioceno, cráneos de aves primitivas y de otros huesos de mamíferos desaparecidos, como los paleoterios, los xifodones, los xifoideos, los eopideos, los oredones y los titatoneros. No había nada que correspondiera a animales
tan recientes como el mastodonte, el elefante, el verdadero camello, el ciervo o los animales bovinos, por lo que Lake dedujo que los depósitos más modernos eran del’ oligoceno y que el estrato excavado había permanecido en su actual estado, seco, muerto e inaccesible, durante treinta millones de años por lo menos.