La llave de plata
La llave de plata En el mismo instante, Aspinwall dejó escapar un grito ahogado y Phillips y De Marigny vieron que su cara se contraÃa en la convulsión más salvaje, en la más espantosa mueca de horror que nunca vieran en rostro humano. Entre tanto, el falso swami habÃa soltado su otra mano y se habÃa quedado de pie, como atontado, emitiendo una serie de ruidos entrecortados de lo más incomprensible. Luego, la figura del turbante se acurrucó en una postura muy poco humana y comenzó a arrastrarse de manera singular hacia el reloj en forma de ataúd, que seguÃa marcando un ritmo cósmico anormal. Su cara descubierta estaba en ese momento vuelta hacia otro lado, y De Marigny y Phillips no podÃan ver lo que el abogado habÃa puesto al descubierto. Centraron su atención en Aspinwall, que se habÃa desplomado en el suelo. El encanto se habÃa roto… Pero cuando se acercaron al viejo, estaba muerto.
Al volverse rápidamente hacia el swami, que retrocedÃa resollando, De Marigny vio cómo de uno de sus brazos colgantes se desprendÃa un enorme mitón blanco. Las vaharadas del olÃbano eran espesas, y todo lo que logró ver de la mano descubierta fue una cosa larga y negra. Antes que el criollo pudiera llegar hasta la figura que retrocedÃa, el anciano señor Phillips le retuvo por el hombro.