Mas alla de los eones y otros escritos
Mas alla de los eones y otros escritos La puerta estaba cerrada, como bien pude comprobar al girar el picaporte. Aporreé durante algún tiempo, sin encontrar respuesta alguna. El silencio era tan completo como antes. Tanteando por el borde de la puerta, di con los goznes, saqué los pasadores e hice que la puerta se venciera hacia mí. Una luz tenue llegaba de un empinado tramo de peldaños. Había un abrumador olor a güisqui. Ahora pude oír a alguien que se movía en la habitación de la torre, situada arriba. Cuando aventuré un bajo «hola», creí recibir un graznido en respuesta y, con cautela, ascendí por las escaleras.
Mi primera visión de ese lugar impío fue, de hecho, bastante impactante. Por toda la pequeña habitación había libros y manuscritos, viejos y polvorientos… objetos extraños de una edad casi increíble. En las baldas de estantes que llegaban hasta el techo había cosas horribles en jarras y botellas de cristal… serpientes, lagartos y murciélagos. El polvo, el moho y las telarañas lo cubrían todo. En el centro, detrás de una mesa sobre la que había una vela encendida, una botella de güisqui casi vacía y un vaso, se encontraba una figura inmóvil de rostro flaco, demacrado y consumido, con ojos salvajes que miraban al vacío. Reconocí a Abel Foster, el viejo sacristán, al instante. No se movió ni habló mientras yo me acercaba lenta y temerosamente.