Mas alla de los eones y otros escritos

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—¡Vanderhoof! —aulló—. ¡La cruz de su tumba se cae por las noches! Cada mañana la tierra aparece removida y resulta más difícil mantenerla dentro. Va a escaparse y no puedo hacer nada para evitarlo.

Obligándolo a volver a la silla, me senté en una caja cercana. Temblaba presa de un terror mortal, y la saliva le goteaba por las comisuras de la boca. De vez en cuando, yo mismo sentía esa sensación de horror que Haines me había descrito al hablar del viejo sacristán. La verdad es que había algo inquietante en aquel tipo. La cabeza se le había ahora vencido sobre el pecho, y parecía más calmado, mientras musitaba para sí mismo.

Me levanté despacio y abrí una ventana para que los vapores del güisqui y el hedor mohoso de la muerte se despejaran. La luz de una difusa luna, que acababa de salir, hacía los objetos de fuera levemente visibles. Podía ver la tumba del reverendo Vanderhoof desde mi lugar en el campanario, y parpadeé al mirar. ¡Esa cruz estaba ladeada! Recordaba que estaba en posición vertical hacía una hora. El miedo me asaltó de nuevo. Me giré con rapidez. Foster estaba sentado en su silla, observándome. Su mirada era más cuerda que hacía un rato.


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