Mas alla de los eones y otros escritos

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Abalanzándome, agarré al viejo sacristán por el gaznate y con mi mano libre toqué las botellas del taburete. Pero el anciano cayó hacia atrás, golpeando el taburete, y una de las botellas cayó, mientras que yo conseguí agarrar la otra. Hubo un estallido de llama azul y un olor sulfuroso llenó todo el cuarto. Del pequeño montoncito de cristal surgió una humareda blanca que salió por la ventana.

—¡Maldito seas, canalla! —gritó con una voz que parecía débil y muy lejana.

Foster, al que había cogido cuando la botella se rompió, se apretó contra el muro, con una mirada más turbia y estremecida aún que antes. Su rostro, poco a poco, iba volviéndose de un negro verdoso.

—¡Madito seas! —dijo de nuevo la voz, y apenas parecía que saliese de sus labios—. ¡Estoy acabado! ¡Esa era la mía! ¡El reverendo Slott la puso ahí hace doscientos años!

Se deslizó con rapidez hasta el suelo, mirándome con odio, con ojos que se enturbiaban con rapidez. Su carne cambió de blanco a negro, y luego a amarillo. Vi con horror que su cuerpo parecía desmoronarse y que sus ropajes caían en el vacío.


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