Viajes al otro mundo
Viajes al otro mundo En el silencio desolado de aquella necrópolis blanca y vacÃa, mi imaginación empezó a concebir las fantasÃas más horripilantes y las ilusiones más espantosas, en tanto que las tumbas y los extraños monolitos adquirÃan por momentos una horrenda intencionalidad. En los repliegues más tenebrosos del valle plagado de repugnante vegetación, creà ver unas sombras sin forma que parecÃan escurrirse sigilosamente como en una blasfema procesión ceremonial, y ocultarse en las tumbas corrompidas de la colina. Ni aun el resplandor blancuzco de la luna lograba disolver estas sombras huidizas.
Yo consultaba constantemente el reloj, a la luz de la linterna, y escuchaba con febril ansiedad por el receptor del teléfono; pero estuve más de un cuarto de hora sin oÃr nada. Luego sonó un clic en el aparato, y llamé a mi amigo con voz destemplada. A pesar de lo excitado que me sentÃa, no estaba preparado para escuchar las palabras que me llegaron de aquella tumba, pronunciadas con la voz más desgarrada y temblorosa que jamás le oyera a Harley Warren. Él, que con tanta serenidad habÃa bajado poco antes, me hablaba ahora desde las profundidades con un susurro trémulo, más siniestro que el más taladrante alarido:
—¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo yo!
No pude contestar. Enmudecido, sólo me cabÃa esperar. Luego volvà a oÃr sus frenéticas palabras: