Viajes al otro mundo
Viajes al otro mundo Todavía resuenan en mi memoria aquellas palabras desapasionadas, y puedo recordar que le hice varias objeciones. Creo que yo tenía vivísimos deseos de acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mantuvo inflexible en su negativa. Incluso amenazó con abandonar la expedición si yo seguía insistiendo, amenaza que resultaba eficaz, puesto que sólo él poseía la clave del asunto. Todo eso lo recuerdo aún, aunque ya no sé qué es lo que buscábamos. Después de haber conseguido que yo accediera de mala gana a sus propósitos, Warren cogió el carrete de cable y ajustó los aparatos. A una señal suya, cogí uno de éstos y me senté sobre la lápida añosa y estropeada que había junto a la abertura recién descubierta. Luego me estrechó la mano, se cargó el rollo de cable, y desapareció en el interior de aquel osario indescriptible.
Durante un minuto seguí viendo el resplandor de su linterna, y oyendo el chirrido del alambre a medida que lo iba soltando; pero, de pronto, la luz desapareció como si mi compañero hubiera doblado un recodo de la escalera, y, casi al mismo tiempo, el chirrido dejó de oírse también. Me quedé solo; pero estaba en comunicación con las desconocidas profundidades por medio de aquellos cables milagrosos cuya superficie aislante aparecía verdosa bajo el apagado resplandor de la luna creciente.