Viajes al otro mundo
Viajes al otro mundo Lo oÃ, pero sólo fui capaz de repetir una vez más mis frenéticas preguntas. Estaba rodeado de tumbas, de oscuridad, de sombras; y allá abajo se ocultaba una amenaza que sobrepasaba los lÃmites de la imaginación humana. Pero mi amigo se hallaba en mayor peligro que yo, y en medio de mi terror, me sentà ofendido de que pudiera considerarme capaz de abandonarle en semejantes circunstancias. Un nuevo clic, y después de una pausa, se oyó el grito lastimero de Warren:
—¡Corre! ¡Por el amor de Dios, pon la losa y zumba, Carter!
Aquella expresión infantil que acababa de emplear mi compañero, terriblemente asustado, me devolvió mis facultades. Tomé una determinación y le grité:
—¡Warren, ánimo! ¡Voy para abajo!
Pero a este ofrecimiento, me contestó con un grito de extrema desesperación:
—¡No! ¡Tú no puedes entenderlo! Es demasiado tarde… y la culpa es mÃa. Echa la losa otra vez y corre… ¡Ni tú ni nadie podrÃais hacer nada ya!
La inflexión de su voz habÃa cambiado otra vez, habÃa adquirido un matiz más suave, como de una desesperanzada resignación. Sin embargo, percibà en ella una honda ansiedad por mÃ.
—¡Rápido…, antes de que sea demasiado tarde!