Viajes al otro mundo
Viajes al otro mundo Nada más traspasar la frontera señalada por la cortina me rodearon las tinieblas. Di un traspié: había escalones. Los bajé encogido por miedo a tropezar con el techo, pero aun así sentí en la cara un roce de cosas blandas, viscosas e innominadas.
«Esto —me dije para ver si entraba en situación— parece abominable, aborrecible, sacrílego, monstruoso, primordial y un tanto fungoso. Sin duda, estos peldaños (que desde luego ya eran viejos cuando se construyó la arcaica Irem) conducen a alguna cripta inmemorial donde acecha el último e indescriptible horror».
Pero nada de eso. Adonde llegué fue a una estancia iluminada por lívidas bombillas, y vestida con blancos papeles arrugados y telas de saco que formaban como mamparas y pasadizos, quedando así convertida la habitación (o habitaciones y acaso algún pasillo además) en una especie de laberinto de verbena de San Antonio. Mientras seguía las vueltas y revueltas del camino fue llegando hasta mí, con creciente claridad, un sonido rítmico y obsesionante.
«Vaya —me dije—, he aquí, por fin, las oleadas de ritmos-luces que asaltan al viajero cuando osa atravesar el umbral de las muchas dimensiones».
Bien mirado, era indiscutible que el papel arrugado de las paredes componía relieves y formas prácticamente ajenos a nuestra geometría.