Viajes al otro mundo
Viajes al otro mundo «No cabe duda —decid× de que he cruzado el Umbral».
Por fin desemboqué en una rotonda dispuesta a modo de caverna iniciática y decorada con cráneos y huesos de animales, con manchas fulgurantes de color y con objetos heteróclitos, pero siniestros. La música se percibÃa con mayor claridad no eran ritmos-luces, sino música electrónica (acaso «Le voyage», de Pierre Henry, basado en el Libro de los Muertos tibetano), pero también habÃa tambores y otros instrumentos de jazz que tocaban varios músicos espectrales ocultos en un rincón lejano. En otra estancia gemela, una linterna mágica proyectaba colores móviles y contrastes luminosos, que recorrÃan velozmente las paredes vestidas de trapos, adaptándose a sus insólitos relieves. OlÃa a inciensos indios. En el suelo, otro grupo de individuos con pinta de hippies descansaba en silencio como un elemento más de ambientación.
Durante un rato estuve contemplando los bellos colores sin forma de la linterna mágica. A mi lado, mi amigo Van Wassenhove empezaba a impacientarse. HabÃa bastante gente y no pocas apreturas.
«Bueno. Esto parece que ya está visto». «¿Qué, nos vamos?». «Vámonos».