El antifaz de los Bristol
El antifaz de los Bristol Porque en Abilene, nadie olvida a los extraños. Y siempre hay ojos mirando.
El granero fue lo primero que renovaron. No la casa, no los campos. El granero. Era enorme, de madera vieja y oscura, con un tejado que se desmoronaba. Pero Richard no lo vio como un problema. Lo vio como una prioridad.
Contrató obreros de fuera del pueblo, hombres que llegaron en camiones con placas de otros estados. Trabajaban de noche, bajo luces débiles, en completo silencio. Nadie del pueblo fue invitado a la granja durante esas semanas. Y cuando las obras terminaron, el granero seguÃa pareciendo viejo y ruinoso desde fuera, pero por dentro… Nadie lo sabÃa.
—¿Y qué piensan sembrar? —preguntó Sam Davies, un vecino con tierras colindantes.
Richard sonrió, esa sonrisa calculada que se le daba tan bien.
—Trigo, probablemente. Aún estamos aprendiendo.
Carol también cambió. Antes sonreÃa más, ahora apenas iba al pueblo. Se quedaba en la granja con los niños, asegurándose de que nadie se acercara demasiado. Incluso Edward, el mayor, habÃa aprendido a callar cuando le preguntaban sobre su hogar.
