El antifaz de los Bristol
El antifaz de los Bristol Saltaron la cerca sin hacer ruido y avanzaron entre los campos secos. El granero estaba allÃ, imponente en la oscuridad, con su madera envejecida y su enorme puerta cerrada con un candado nuevo. No habÃa luces dentro. No habÃa sonido.
—Solo un vistazo —susurró Danny, el lÃder del grupo, mientras sacaba una navaja para forzar el candado.
Pero antes de que pudiera tocarlo, un crujido en la hierba congeló a los cuatro. No un crujido casual, no el viento moviendo ramas. Pasos.
—¡Corre! —susurró alguien, pero ya era tarde.
Un haz de luz los cegó y una voz firme cortó la noche.
—¿Qué creen que están haciendo?
Richard Fisher estaba de pie frente a ellos, sosteniendo una linterna en una mano y, lo que parecÃa un rifle, en la otra. No gritó, no se enfureció. Solo los miró, con esos ojos que parecÃan demasiado frÃos para un simple granjero.
—Váyanse —dijo, su voz sin emoción—. Y no vuelvan.
Los chicos no esperaron a que lo repitiera. Corrieron hasta que sus pulmones ardieron, sin atreverse a mirar atrás.
