Juan de Mairena I
Juan de Mairena I Pero no exageremos —añadÃa Mairena—. Nosotros, los maestros, somos un poco egoÃstas, y no siempre pensamos que la cultura sea como la vida, aquella antorcha del corredor a que alude Lucrecio en su verso inmortal[126]. Nosotros quisiéramos acapararla. Nuestras mismas ideas nos parecen hostiles en boca ajena, porque pensamos que ya no son nuestras. La verdad es que las ideas no deben ser de nadie. Además —todo hay que decirlo—, cuando profesamos nuestras ideas y las convertimos en opinión propia, ya tienen algo de prendas de uso personal, y nos disgusta que otros las usen. OtrosÃ: las ideas profesadas como creencias* son también gallos de pelea con espolones afilados. Y no es extraño que alguna vez se vuelvan contra nosotros con los espolones más afilados todavÃa. En suma, debemos ser indulgentes con el pensar más o menos gallináceo de nuestro vecino.