Juan de Mairena I
Juan de Mairena I Pero hemos de acudir a nuestro folklore, o saber vivo en alma del pueblo, más que a nuestra tradición filosófica, que pudiera despistarnos. El hecho, por ejemplo, de que Séneca naciera en Córdoba y aun de que haya influido en nuestra literatura impregnándola de vulgaridad, no ha de servirnos de mucho. Séneca era un retórico de mala sombra, a la romana; un retórico sin sofística, un pelmazo que no pasó de mediano moralista y trágico de segunda mano. Toreador de la virtud le llar Nietzsche*, un teutón que no debía saber mucho de toreo. Lo que tuviera Séneca de paisano nuestro es cosa difícil de averiguar, y más interesante para los latinistas que para nosotros. Acaso en Averroes* encontremos algo más nuestro que aprovechar y que pudiera servirnos para irritar a los neotomistas, que no acaban —ni es fácil— de enterrar al Cristo en Aristóteles. Un neoaverroísmo a estas alturas, con intención polémica, pudiera ser empresa tentadora para un coleccionista de excomuniones. Yo no os lo aconsejo tampoco. Nuestro punto de arranque, si alguna vez nos decidimos a filosofar, está en el folklore metafísico de nuestra tierra, especialmente el de la región castellana y andaluza.
(*NOTA a “Nietzsche”: En «Incursiones de un intempestivo», 1: «Mis incompatibles. Séneca: o el torero de la virtud.» (Crepúsculo de los ídolos, pág. 84.) El original alemán dice «Toreador” («Séneca: oder der Toreador der Tugend»).