Viaje alrededor de mi habitacion
Viaje alrededor de mi habitacion «Con que ya te has casado, mi querido Joannetti», le dije riéndome. No estaba él prevenido más que contra mi cólera; de suerte que todos los preparativos no sirvieron para nada. Cayó de pronto en su actitud ordinaria, y hasta un poco más bajo, puesto que se echó a llorar. «¡Qué quiere usted señor! —me dijo con voz alterada—; había dado mi palabra.» «Eh, ¡qué caramba!, has hecho bien, amigo mío; ¡ojalá estés contento con tu mujer y sobre todo contigo mismo! ¡Ojalá tengas hijos que se te parezcan! Es preciso, pues, que nos separemos.» «Sí, señor; tenemos el propósito de ir a establecernos en Asti.» «¿Y cuándo quieres marcharte?» En este punto, Joannetti bajó los ojos como confuso y respondió bajando la voz dos tonos: «Mi mujer ha encontrado un traficante de su país que se vuelve en el coche vacío y se marcha hoy mismo. Sería una buena ocasión; pero... sin embargo... esperaré a cuando el señor disponga..., aunque una ocasión así será difícil volver a encontrarla.» «Eh, ¡cómo!, ¿tan pronto?, le dije. Un sentimiento de pena y de afecto, entremezclado con una fuerte dosis de despecho, me hizo callar un instante. «No, seguramente —le respondí con alguna dureza—, no le detendré a usted; puede usted irse ahora mismo, si eso le conviene.» Joannetti se puso pálido. «Sí, vete, amigo mío; vete con tu mujer; sé siempre tan bueno, tan honrado como lo has sido conmigo.» Dejamos arregladas unas cuantas cosas; le dije con tristeza adiós; salió. Aquel hombre me servía desde hacía quince años. Un instante nos ha separado. No le he vuelto a ver más.