En una pension alemana
En una pension alemana Pequeñito y delgado, los ralos cabellos y la barba negros, el cutis amarillento, usaba invariablemente un traje de jerga negro, camisa de lino crudo, sandalias negras y las gafas con aro negro más enormes que vi jamás.
Herr Oberlehrer [6], sentado frente a mÃ, sonrió benévolamente.
—Debe de ser algo muy interesante para usted, gnädige Frau [7]... Desde luego ésta es una pensión muy distinguida. Aquà estuvo este verano una dama de la corte de España. PadecÃa del hÃgado. Muchas veces hablé con ella.
Le miré agradecida y humilde.
—Claro que en Inglaterra no se tropieza uno en las casas de huéspedes con las clases altas como en Alemania.
—Ciertamente que no —repliqué, aún hipnotizada por aquel barón que parecÃa un amarillento gusanillo de seda.
—Viene todos los años —prosiguió Herr Oberlehrer— a causa de sus nervios. TodavÃa no ha hablado una sola vez con ninguno de los huéspedes.