En una pension alemana

En una pension alemana

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Me preguntaba a dónde iría y por qué tenía que cargar con aquella maleta. Nunca lo había visto en el Casino ni en el establecimiento de baños. Parecía arrastrar sus pies ensandaliados olvidado de todos. Y me sorprendí a mí misma compadeciendo al barón.

Aquella noche estábamos reunidos en el salón unos cuantos pensionistas comentando la KUV [9] del día con fervorosa animación. Frau Oberregierungsrat, sentada a mi lado, tejía un chal para la más joven de sus nueve hijos, que se hallaba en ese frágil estado llamado interesante.

—Pero por fuerza será de su entera satisfacción —dijo—. Mi hijita se ha casado con un banquero, la ilusión de toda su vida.

Éramos unas ocho o diez. Las casadas nos hacíamos confidencias acerca del aspecto de nuestros maridos en ropa interior, en tanto que las solteras discutían sobre lo atractivos que resultaban, vestidos, sus posibles futuros.

—Los tejo yo misma —oí exclamar a Frau Lehrer— con esta gruesa lana gris. Usa uno cada mes con dos cuellos blandos.

—Y entonces él —susurró Fräulein Lisa— me dijo: «De veras me gustas. Es posible que escriba a tu madre.»

Nada tiene de particular que estuviéramos atrozmente excitadas y hasta un poquito encontradas también.


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