En una pension alemana
En una pension alemana De pronto la puerta se abrió para dar paso al barón. Siguió un silencio absoluto, un silencio de muerte. Penetró despacito, vacilando. Tomó un palillo de un platito que estaba encima del piano, y se fue otra vez. Cuando la puerta quedó de nuevo cerrada, lanzamos un grito de triunfo; era la primera vez que se le había visto entrar en el salón. ¿Quién podía decir lo que el futuro nos reservaba?
Los días crecieron hasta convertirse en semanas. Siempre estábamos juntas y siempre aquel solitario y diminuto personaje, con la cabeza inclinada como bajo el peso de las gafas enormes, me seguía obsesionando. Llegaba con la maleta negra, se marchaba con la maleta negra, y eso era todo.
Por fin el gerente de la pensión me dijo que el barón nos dejaba al día siguiente.
«Ah —pensé—, sin duda no desaparecerá así en la obscuridad, no se esfumará sin decir siquiera una palabra. Con seguridad, por una sola vez antes de partir, va a presentar sus respetos a Frau Oberregierungsrat o a Frau Feldleutnanlswitwe [10].»
Aquel día llovió mucho por la noche. Había ido a la oficina de correos y cuando estaba en las gradas de la puerta, dudando antes de lanzarme sin paraguas a la carretera fangosa, me pareció oír una vocecilla vacilante que sonaba tras de mi codo.