En una pension alemana

En una pension alemana

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Miré hacia abajo. ¿Me habría vuelto loca? ¿Estaba en mis cabales? Era el antiguo barón con su maleta negra y su famoso paraguas, que estaba pidiéndome lo compartiera con él. Pero supe mostrarme lo suficientemente distinguida, con una pizca de timidez, y todo lo convenientemente respetuosa. Juntos caminamos entre el fango y los charcos. Sí, hay algo de peculiarmente íntimo en compartir un paraguas. Algo que viene a ponerle a uno en la misma situación de quien le sacude a un hombre la solapa de la chaqueta. Algo un poquito osado e ingenuo.

Me perecía por saber por qué se sentaba siempre solo y por qué llevaba aquella maleta siempre consigo, y qué hacía durante todo el día. Pero él, espontáneamente, me dio algunos datos.

—Temo que se me moje el equipaje —dijo—. Lo llevo siempre conmigo en la maleta, ¡precisa uno tan poca cosa!, porque los criados no son dignos de confianza.

—Una opinión muy sensata —repliqué. Y luego—: ¿Por qué nos niega usted el placer de su...?

—Me siento solo porque así puedo comer más —dijo el barón escudriñando la obscuridad—. Mi estómago precisa una gran cantidad de alimento. Pido una ración doble, y la consumo tranquilamente.

Fue dicho con el tono distinguido propio de un barón.

—¿Y qué hace durante todo el día?


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