En una pension alemana

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Mordisqueé una hoja, abrazando mis rodillas. Entonces, momento mágico, oí voces dentro del invernadero. La hermana de la baronesa y el estudiante de Bonn estaban allí.

Aunque fuera de segunda mano, más valía aquello que nada.

—¡Qué manos tan pequeñitas tiene usted! —decía el estudiante—. Son como azucenas en la ciénaga de su negro ropaje.

Aquello parecía ir de veras. La réplica de la noble dama era lo que más me interesaba. Pero, comprensiva, replicó sólo con un murmullo.

—¿Puedo asirle una? —preguntó él.

Oí dos suspiros —sin duda se habían cogido las manos—; él había arrancado de las obscuras aguas un noble capullo.

—Mire qué grandes resultan mis dedos al lado de los suyos.

—Pero están muy bien cuidados —dijo tímidamente la hermana de la baronesa.

¡La pécora! ¿Era el amor entonces cuestión de manicura?

—¡Oh, cómo me gustaría darle un beso! —murmuró el estudiante—. Pero, ¿sabe usted?, padezco un fuerte catarro nasal y tengo miedo de contagiárselo. La noche pasada estornudé diecisiete veces y necesité tres pañuelos.


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