En una pension alemana
En una pension alemana —¡Qué viaje! —exclamó Frau Fischer—. Y en el tren no habÃa nada que comer. Nada sólido. Les aseguro que las paredes de mi estómago están pegando una contra otra. Pero no quiero perder el apetito para la cena. Asà que nada más que una taza de café en mi habitación. Berta —volviéndose hacia la más joven de las cinco—. ¡Oh, qué cambiada estás! ¡Qué busto! Frau Hartmann, la felicito.
Una vez más, la viuda y Frau Fischer se dieron la mano.
—Kathi también está hecha una espléndida mujer; pero un poco pálida. Quizás está aquà este año de nuevo el joven aquel de Nuremberg. No sé cómo las tiene a todas en casa. Todos los años cuando llego espero encontrar el nido vacÃo. Es asombroso.
Frau Hartmann se disculpó, con voz vergonzante:
—Somos una familia tan feliz, desde que murió mi marido...
—Pero hay que casarlas; hay que tener el valor de hacerlo. Al fin y al cabo, con el tiempo los matrimonios contribuyen a hacer que las familias felices crezcan... A Dios gracias. ¿Hay ahora mucha gente aqu�
—Todas las habitaciones están ocupadas.