En una pension alemana
En una pension alemana A esto siguió en el vestíbulo una minuciosa reseña, que escaleras arriba se convirtió en un murmullo, para proseguir a seis voces en cuanto entraron en la amplia habitación, cuyas ventanas daban al jardín; la habitación que ella ocupaba todos los años. Yo estaba leyendo Los Milagros de Lourdes, un libro que un sacerdote católico, fijando una mirada tenebrosa sobre mi alma, me había rogado que leyese. Pero aquellas maravillas fueron puestas en fuga con la llegada de Frau Fischer. Ni siquiera las rosas blancas a los pies de la Virgen pudieron florecer en aquella atmósfera.
«... érase una simple pastorcilla que apacentaba sus rebaños por los yertos campos...»
Voces en la habitación de arriba:
—La palangana, naturalmente, ha sido fregada con sosa.
«...misérrima, sus miembros de harapos cubiertos...»
—Hasta la última pieza del mobiliario ha estado soleándose en el jardín durante tres días. Y el tapete ha sido hecho en casa con ropas de desecho. Hay un trozo de aquella saya de franela que nos dejó usted el verano último.
«Sorda y muda era la criatura, y en el pueblo teníanla casi por idiota...»