En una pension alemana
En una pension alemana —CafĂ© malta —dijo—. Al principio, durante unos dĂas, me pregunto cĂłmo podrĂ© soportarlo. Claro que cuando se sale de casa hay que contar con muchas molestias y con alimentos extraños. Yo solĂa decirle a mi querido esposo: «Unas sábanas limpias y una buena taza de cafĂ© y me siento feliz en cualquier parte.» Pero ahora, con unos nervios como los que yo tengo, cualquier sacrificio me resulta demasiado penoso. ÂżDe quĂ© padece usted? —me preguntó—. Tiene el aspecto de estar sanĂsima.
Sonreà encogiéndome de hombros.
—Ah, es todo tan extraño entre ustedes los ingleses. Parece como si no les gustara hablar de las funciones corporales. Es tanto como tratar de un ferrocarril sin mencionar la locomotora. ¿Cómo puede uno comprender a nadie sin saber nada de su estómago? Durante la enfermedad más grave de mi esposo...
SumergiĂł en el cafĂ© un terrĂłn de azĂşcar y estuvo observando cĂłmo se disolvĂa.
—Sin embargo, un joven amigo mĂo, que fue a Inglaterra para asistir al entierro de un hermano, me ha contado que las mujeres en los restauranes pĂşblicos usan cubrecorsĂ©s tan holgados, que no hay camarero que se resista a lanzar dentro una ojeada en el momento de servir la sopa.