En una pension alemana
En una pension alemana —SerÃan camareros alemanes —dije—; los ingleses apenas si le echan a una un vistazo a lo alto del moño.
—Claro —exclamó—. ¿Ve cómo dependen de Alemania? Ni siquiera pueden encontrar entre ustedes buenos camareros.
—Pues yo prefiero a los que sólo le miran a una el moño.
—Y eso prueba que se siente avergonzada de su cubrecorsé.
Miré hacia el jardÃn, donde abundaban las flores de enredadera y crecÃan los clásicos rosales alemanes, rÃgidos como bouquets, pensando que ambas cosas me eran indiferentes. Casi sentà deseos de preguntarle si su joven amigo habÃa ido a Inglaterra en calidad de camarero para servir el asado fúnebre; pero decidà que no valÃa la pena. El tiempo estaba demasiado caluroso para sentirse una maligna, y además, ¿por qué ser tan poco caritativa con Frau Fischer, vÃctima hasta las seis y media de extrañas alucinaciones? Como una recompensa celestial por mi indulgencia, camino adelante vino hacia nosotros Herr Rat, angelicalmente ataviado con un traje de seda blanca.
Él y Frau Fischer eran viejos amigos, y ella recogió hacia sà los pliegues de su bata para hacerle sitio en el banquito verde.