En una pension alemana
En una pension alemana Su ansiedad asustó a la muchacha y él se apresuró a ocultarla. ¿Debía darle la mano o no debía dársela? Éste era el dilema que ocupaba su cerebro, haciéndole funcionar a toda velocidad. Una de las manos de la muchacha estaba en la manecilla de la portezuela; la otra sostenía el maletín. El tren se detuvo. Sin una palabra, ni una mirada, había desaparecido.
Vino el sábado, medio día de oficina, y luego hubo de transcurrir el domingo. El lunes por la tarde Henry estaba agotado por completo. Fue a la estación tempranísimo, acosado por una manada de pensamientos absurdos que le mordían los talones mientras andaba de un lado para otro. «No dijo que vendría en este tren.» «¿Y si voy hacia ella y no me hace caso?» «Puede venir alguien acompañándola.» «¿Y crees que se habrá vuelto a acordar de ti?» «¿Qué le vas a decir si la ves?» Hasta llegó a rezar: «Señor, si ésa es tu voluntad, deja que nos veamos.»
