En una pension alemana

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Pero aquello no disminuía su ansiedad. Una blanca humareda flotaba bajo el techo de la estación, se disipaba y volvía a ascender en ondulantes volutas. Y de pronto, mientras él las contemplaba, tan sutiles y silenciosas, moviéndose con aquella gracia misteriosa por encima de la multitud y del estrépito, se sintió calmado. Pero tan rendido que ya no deseaba sino sentarse y cerrar los ojos. «No vendrá.» Y en aquellas palabras alentaba un desolado alivio. Entonces la vio, muy cerca de donde estaba, yendo hacia el tren con el mismo maletín de cuero en la mano. Henry esperó. Se dio cuenta, sin saber cómo, de que le había visto; pero no se movió hasta que estuvo junto a él y le dijo con la voz queda y tímida:

—Los encontró, ¿verdad?

—Ah, sí, muchas gracias. Los encontré —y con un ademán un tanto cohibido le mostró la carpeta y los guantes.

Caminaron el uno junto al otro hacia el tren y penetraron en un compartimiento vacío. Se sentaron frente a frente, sonriendo azorados, pero sin hablarse, mientras que el tren echaba a andar y poco a poco iba aumentando la velocidad, y la marcha se hacía más regular. Henry fue el que primero habló.

—Resulta ridículo —exclamó— que aún no sepa cómo se llama.


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