En una pension alemana

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Ella se echó hacia atrás una crencha de pelo que le caía sobre el hombro y él vio que su mano enguantada de gris se estremecía. Luego observó que se sentaba rígida y con las rodillas juntas, como también iba sentado él, ambos esforzándose en no temblar. Ella dijo:

—Me llamo Edna.

—Yo, Henry.

Y en la pausa que siguió cada uno de ellos tomo posesión del nombre del otro, lo dio vueltas y se lo guardó, sintiéndose un tanto menos amedrentado.

—Tengo que preguntarle algo más —volvió a decir Henry, mirando a Edna con la cabeza levemente ladeada—. ¿Qué edad tiene?

—Dieciséis cumplidos —replicó—. ¿Y usted?

—Cerca de dieciocho.

—¿Verdad que hace calor? —dijo ella de pronto.

Y quitándose los grises guantes, se llevó las manos a las mejillas y las mantuvo allí un rato. Ya no se miraban con ojos atemorizados, sino con una especie de sosegada desesperación. Si sus cuerpos no se estremecieran tan tontamente... Edna, medio oculta tras su cabellera, preguntó:

—¿Ha estado enamorado alguna vez?

—No, nunca. ¿Y usted?

—Jamás en la vida —replicó denegando con la cabeza—. Siempre creí que sería imposible.


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