En una pension alemana
En una pension alemana —A una academia preparatoria, para secretarias —su voz tenÃa un deje desdeñoso.
—Yo estoy en una oficina —dijo él—. En la oficina de un arquitecto. Una oficina muy rara y muy chiquita, a ciento treinta escalones de altura. Siempre he creÃdo que debiéramos construir nidos en lugar de casas.
—¿Y le gusta ese trabajo?
—No, claro que no. No me gusta hacer nada. ¿Y a usted?
—Tampoco; me horroriza... —y añadió—: Como mi madre es húngara, creo que eso contribuye a que me horrorice aún más.
Aquello le pareció a Henry muy natural.
—Puede ser.
—Mi madre y yo somos enteramente iguales. No tengo nada de común con mi padre. Es sólo un... un hombrecillo de la City. Pero mi madre tiene sangre bohemia, y ella me la ha transmitido. Detesta tanto esta manera de vivir como yo —y tras de una pausa, frunciendo el ceño—. De todos modos no nos entendemos, es curioso, ¿verdad? Yo estoy en casa enteramente sola.
Henry estaba escuchando; escuchando en cierto modo; pero habÃa algo que querÃa pedirle, y preguntó tÃmidamente:
—¿QuerrÃa usted... querrÃa usted quitarse el sombrero?