En una pension alemana
En una pension alemana Ella pareció sorprendida.
—¿Quitarme el sombrero?
—SÃ, para ver su pelo. DarÃa cualquier cosa por verlo bien.
Ella protestó:
—¿Lo dice de veras...?
—SÃ, sà —exclamó él. Y luego, cuando se lo hubo quitado, y se dio unos toquecitos con la mano—: Oh, Edna, es la cosa más maravillosa del mundo.
—¿Le gusta? —preguntó sonriente y muy complacida, dejándolo caer sobre sus hombros como una capa dorada—. La gente, generalmente, se rÃe de él. Es de un color tan extraño.
Pero Henry no podÃa creerlo.
Ella habÃa apoyado los codos en las rodillas y descansaba la barbilla en el hueco de sus manos.
—Asà es como me suelo sentar cuando estoy enfadada, y entonces siento como si me abrasara. ¡Qué tonterÃa!, ¿verdad?
—No, no, nada de eso —repuso Henry—. Ya sabÃa yo que lo harÃa. Es una especie de coraza contra todas las cosas sórdidas y horrendas.
—¿Cómo sabÃa esto? SÃ, es eso precisamente. ¿Pero cómo ha podido saberlo?