En una pension alemana
En una pension alemana —Sabiéndolo —replicó él sonriente—. ¡Dios mÃo! —exclamó—. Qué necia es la gente. Todas esas personillas que usted y yo conocemos. FÃjese en nosotros dos. Estamos el uno junto al otro, y todo está dicho. Yo le comprendo a usted y usted me comprende a mÃ... nos acabamos de encontrar el uno al otro... una cosa sencillÃsima... precisamente por ser tan natural. Asà es todo en la vida: algo infantil y muy natural. ¿No le parece?
—SÃ, sà —afirmó ella con vehemencia—. Eso es lo que he creÃdo siempre.
—Son las gentes quienes hacen que las cosas sean tan... estúpidas. Y en tanto uno pueda mantenerse alejado de ellas, está salvado y es feliz.
—SÃ, he pensado eso mismo hace mucho tiempo.
—Entonces somos iguales— afirmó Henry.
Y aquello era tan sorprendente, que casi se echa a llorar. Pero en lugar de hacerlo él dijo sólo:
—Creo que somos los únicos seres vivientes que piensan asÃ. SÃ, estoy seguro. A mà no me comprende nadie y me parece estar viviendo en un mundo poblado por seres extraños. ¿Y usted?
—Eso mismo.
—Vamos a entrar dentro de un momento en ese túnel antipático —advirtió él—. ¡Edna! ¿Puedo tocar su pelo, solamente tocarlo?
Ella se echó hacia atrás bruscamente.