En una pension alemana
En una pension alemana —No, no, por favor.
Y cuando penetraron en la obscuridad se alejó de él un poquito.
«¡Edna! He sacado los billetes. El de la taquilla del salón de conciertos no se ha extrañado en absoluto de que yo tuviera dinero. Nos encontraremos en la calle, a las tres, junto a la puerta de entrada al paraíso. Ponte aquella blusa crema y los corales. ¿Lo harás? Te amo. No me gusta mandar estas cartas a la tienda. Siempre he pensado que todas esas gentes que tienen en el escaparate el letrero de «se reciben cartas», también tienen en la trastienda una tetera humeando que lo mismo abriría un sobre que la oreja de un elefante. Pero eso no importa, ¿verdad, amor mío? ¿Podrás escaparte el domingo? Di que vas a ir a pasar el día con una amiga de la oficina, y nos encontraremos en algún pueblecillo y andaremos por los campos o nos dedicaremos a buscar un prado donde tendernos para ver abrirse las margaritas. Te amo, Edna. Y los domingos sin ti son sencillamente intolerables. No te dejes atropellar por un coche antes del sábado; no comas nada en conserva; no bebas agua de ninguna fuente pública. Eso es todo, amor mío.»
