En una pension alemana

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«Mi muy amado: Iré el sábado y ya me las arreglaré para el domingo también. Es una gran fortuna el tener en casa entera libertad. Acabo de llegar del jardín. Hace una tarde tan encantadora. ¡Ay, Henry! Me dan ganas de sentarme y ponerme a llorar. ¡Qué tontería!, ¿verdad? Pero ¡te amo esta noche tanto! Me siento tan feliz que apenas puedo contener la risa, y también tan triste, que casi no puedo aguantar las lágrimas. Y todo por la misma razón. Pero, ¡nos hemos encontrado el uno al otro siendo tan jóvenes! Porque lo somos, ¿verdad? Te mando una violeta. Qué buen tiempo hace. Buenas noches, amor mío. Tuya, Edna.»

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—Ya estamos aquí —dijo Edna—, y qué localidades más buenas, ¿verdad, Henry?

Se puso en pie para quitarse el abrigo, y él fue a ayudarla.

—No, no, ya está —lo colocó bajo el asiento y se sentó a su lado—. Pero ¿qué has traído aquí, Henry? ¿Flores?

—Sólo un par de rositas —replicó dejándolas sobre su falda.

—¿Recibiste mi carta? —preguntó ella, mientras quitaba los alfileres que cerraban el paquete.

—Sí —dijo él—. Y la violeta está creciendo admirablemente. Tenías que ver mi cuarto. Planté un cachito en cada esquina, otro en mi almohada y otro más en el bolsillo de la chaqueta del pijama.


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