En una pension alemana

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—Sin duda. Lo comprendo. Aun aquí, su vida es demasiado agitada. Está usted tan solicitado, es tan admirado... Exactamente lo mismo le ocurría a mi marido. Era alto, bien parecido y a veces, por la noche, solía bajar a la cocina y me decía: «Mujer, ¿quieres que hagamos el tonto un par de minutos?» Nada le tranquilizaba tanto como que yo le acariciara el pelo.

La monda cabeza de Herr Rat, reluciente bajo la luz solar, parecía un símbolo de la lamentable ausencia de una esposa.

Empezaba a hacer cábalas sobre la naturaleza de aquellas tranquilas pequeñas charlas de después de cenar. Pues, ¿cómo hacer el papel de Dalila con un Sansón tan tonsurado?

—Herr Hoffmann de Berlín llegó anteayer —dijo Herr Rat.

—¿Aquel joven con quien me negué a conversar? El año último me contó que había estado pasando una temporada en Francia y que en el hotel no había servilletas. ¡Qué sitio sería aquél! En Austria hasta los cocheros usan servilletas. Además oí decir que discutía con la camarera sobre el amor libre, cuando iba a barrerle la habitación. No estoy acostumbrada a tratar con esa gente. Desconfiaba de él desde hacía tiempo.


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