En una pension alemana

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—La sangre joven —replicó Herr Rat afablemente—. Yo tuve varias discusiones con él. Ya habrá oído hablar de ellas, ¿no? —añadió volviéndose hacia mí.

—Oh, mucho —dije sonriendo.

—Sin duda usted también me considera atrasado. Yo no pretendo ocultar mi edad. Tengo sesenta y nueve años. Pero observaría que cuando yo levantaba la voz, él tenía que callarse.

Repliqué con la más absoluta convicción que sí, y percibí en los ojos de Frau Fischer algo que me hizo comprender de pronto que debía volver a la casa para escribir unas cartas.

Mi habitación estaba obscura y fría. Un castaño extendía sus verdes ramas frente a la ventana. Miré al sofá de crin, y como me gusta tumbarme aovillada y encuentro absurdo que nadie se escandalice de ello, tiré al suelo un cojín encarnado y me acosté allí. Apenas me había acomodado a mi gusto, cuando la puerta se abrió lentamente para dar paso a Frau Fischer.

—Herr Rat tiene que ir al baño a estas horas —dijo cerrando tras ella la puerta—. ¿Puedo pasar? Haga el favor de no moverse. Parece una gatita de Angora. Bueno, cuénteme alguna cosa interesante de su vida. Cuando entro en relación con alguien, lo exprimo como una esponja. Para empezar: ¿está usted casada?

Admití el hecho.


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