En una pension alemana

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El marido que había inventado para uso de Frau Fischer, se había convertido en sus manos en un personaje tan corpóreo, que no pude ya imaginarme sentada en una roca con hierbas marinas en el cabello y esperando el barco fantasmal que a todas las mujeres les gusta imaginar que anhelan. Más bien me veía empujando un cochecito de niño pasarela arriba y contando los botones que se habían caído del uniforme de mi esposo.

—Un montón de niños es lo que usted necesita —dijo Frau Fischer—. Entonces, como padre de familia, ya no podrá dejarla a usted. Piense en su alegría y emoción cuando la vea.

El plan me pareció un tanto arriesgado. Aparecer de repente con un montón de nenes no es lo más apropiado en general para suscitar el entusiasmo en el corazón de la mayor parte de los maridos ingleses. Decidí echar a pique mi concepción virginal y mandarlo por ahí unas millas más allá del cabo de Hornos.

Entonces sonó el batintín para la cena.

—Suba después a mi habitación —dijo Frau Fischer—. Tengo todavía muchas preguntas que hacerle.

Me apretó fuertemente la mano, pero yo no respondí con la misma efusión.


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