En una pension alemana

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FRAU BRECHENMACHER ASISTE A UNA BODA

No fue asunto fácil el quedar arreglados. Después de cenar, Frau Brechenmacher metió en la cama a cuatro de sus cinco críos, permitiéndole a Rosa quedarse con ella para que le ayudara a limpiar los botones del uniforme de Herr Brechenmacher.

Luego repasó un poco con la plancha la mejor camisa de su esposo, sacó brillo a sus botas y dio un par de puntadas a la corbata de satén negro.

—Rosa —gritó—, ve a buscar mi vestido y extiéndelo frente a la estufa para que se le quiten las arrugas. Acuérdate de que has de tener cuidado de los niños y que no te has de acostar más tarde de las ocho y media. ¡Ah!, y no andes tocando el quinqué. Ya sabes lo que pasa si andas con el quinqué.

—Sí, mamá —dijo Rosa, que tenía nueve años, pero que se sentía con suficiente edad para cuidar de un millar de lámparas—. Pero déjame estar levantada. Bub puede despertarse y querer leche.

—¡A las ocho y media! —ordenó Frau—. Le diré a tu padre que te lo diga también.

Rosa frunció la comisura de los labios con disgusto.

—Pero... pero...

—Ya viene tu padre. Vete a la alcoba y trae mi pañuelo de seda azul. Tú puedes ponerte mi chal negro mientras esté fuera, eso es.


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