En una pension alemana
En una pension alemana Rosa quitó de un tirón el chal de los hombros de su madre y se lo colocó cuidadosamente en los suyos, anudando las puntas a la espalda. «Después de todo —pensó—, si me voy a las ocho y media a la cama, me lo dejaré puesto.» Esta resolución la consoló por completo.
—Bueno, ¿qué? ¿dónde está mi ropa? —gritó Herr Brechenmacher colgando la vacÃa cartera de la correspondencia tras de la puerta y dando unas cuantas patadas en el suelo para quitar la nieve de las botas—. Por supuesto, no estará preparado nada, y a estas horas todo el mundo se encuentra ya en la boda. Oà la música al pasar. ¿Qué has estado haciendo? ¿TodavÃa no estás vestida? No puedes ir de ese modo.
—Aquà lo tienes todo sobre la mesa. Y agua caliente en el lebrillo de hojalata. Chapúzate un poco. Rosa, dale a tu padre la toalla. Todo está listo menos los pantalones. No he tenido tiempo para recogerlos de abajo. Debes arremangártelos en las botas hasta que lleguemos ahÃ.
—Bueno —dijo Herr—. Aquà no hay sitio para moverse, y necesito la luz. Ve a vestirte al pasillo.
Vestirse a obscuras no tenÃa para Frau Brechenmacher la menor importancia. Se abrochó la falda y el corpiño, y se sujetó el pañuelo en torno del cuello con un broche precioso del que colgaban cuatro tintineantes medallas de la Virgen. Luego sacó el manto y la toca.