En una pension alemana

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—Ven a apretarme esta hebilla —gritó Herr Brechenmacher. Estaba en medio de la cocina pavoneándose. Los botones de su uniforme azul relucían con ese entusiasmo que sólo los botones oficiales pueden poseer—. ¿Qué tal estoy?

—Magnífico —replicó la pequeña Frau, apretando la hebilla de la cintura y dándole un tirón aquí, un tirón allá—. Rosa, ven a ver a tu padre.

Herr Brechenmacher paseaba a grandes trancos de un lado a otro de la cocina. Le ayudaron a ponerse el abrigo, y luego esperó a que su mujer encendiera la linterna.

—Bueno, acaba de una vez. Vámonos.

—El quinqué, Rosa —recomendó Frau, cerrando de golpe tras ellos la puerta de la calle.

No había nevado en todo el día, y el suelo escarchado estaba tan resbaladizo como la superficie helada de un estanque. Hacía varias semanas que ella no salía de casa y como aquel día se había agitado tanto, se sintió torpe y atontada. Apenas se dio cuenta de que Rosa la empujó para que saliese y de que su mando iba ya lejos, andando apresurado.

—Espera, espera —gritó.

—No. Se me van a mojar los pies. Date tú prisa.


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