En una pension alemana
En una pension alemana Fue menos molesto cuando entraron en el pueblo. Allí había cercas donde podía asirse, y desde la estación hasta la Gasthaus [11] habían preparado, esparciendo escorias, un caminillo para los invitados. La Gasthaus estaba resplandeciente. Todas las ventanas se hallaban iluminadas. De los salientes de la fachada pendían festones de ramitas de abeto. Las puertas, abiertas de par en par, lucían adornos de ramaje, y en el vestíbulo el patrono pregonaba su superioridad amedrentando a las camareras que incesantemente corrían de un lado a otro, llevando vasos de cerveza, bandejas con tazas, fuentes y botellas de vino.
—Suban, suban —tronó el propietario—. Dejen en el descansillo los abrigos.
Herr Brechenmacher se sintió tan amedrentado con aquellos modales, que olvidó sus derechos de marido hasta el punto de pedir perdón a su mujer por haberla empujado contra la barandilla, en sus esfuerzos para ir delante de todos.