En una pension alemana

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DÍA DE PARTO

Andreas Binzer despertó poco a poco. Se volvió en su angosta cama, se estiró y dio un bostezo, abriendo la boca todo lo que pudo y cerrándola después, de modo que sus dientes resonaron con un agudo «clic».

Aquel sonido le encantó, y lo repitió varias veces con rápidos y restallantes movimientos de mandíbula. «Vaya dientes —se dijo—. Sanos como manzanas, todos y cada uno de ellos. Sin haber tenido que sacarme ninguno. Sin haber tenido que empastarme ninguno tampoco.» Eso era debido a que no hacía tonterías al comer y a que los cepillaba concienzudamente mañana y noche.

Se incorporó apoyándose en el codo izquierdo, y tanteó con la diestra cerca de la cama, buscando la silla donde la noche anterior había puesto el reloj y la cadena. Pero no encontró ninguna silla allí. Claro, olvidaba que, como en aquella angosta y condenada habitación no había sillas, tuvo que poner el dichoso artefacto debajo de la almohada.




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