En una pension alemana
En una pension alemana «Las ocho y media del domingo —su cerebro seguÃa el tictac del reloj—. A las nueve, el almuerzo; hora de bañarse.» Saltó de la cama y se dirigió hacia la ventana. La persiana rota colgaba a modo de un abanico sobre el cristal de arriba. «Hay que arreglar esta persiana —se dijo—. Haré que el chico de la oficina antes de irse a casa venga un momento y la ponga en su sitio. Es muy mañoso para arreglar persianas. Le daré unos céntimos y lo hará tan bien como un carpintero. Anna misma lo hubiese podido hacer de no estar enferma. Y también yo, por supuesto, pero no me da la gana de subir en una escalera de peldaños desvencijados.» Alzando la vista miró al cielo. Era claro, extrañamente blanquecino, limpio de toda nube. Luego miró hacia abajo, a la hilera de jardinillos y patios traseros. Las vallas de aquellos jardines corrÃan al borde de un albañal, cruzado por un puente colgante, y la gente tenÃa la condenada costumbre de tirar latas vacÃas al albañal por encima de las vallas. Algo muy propio de ellos, por supuesto. Andreas se puso a contar las latas y decidió rencorosamente escribir una carta a los periódicos sobre aquello y firmarla. Firmarla con su nombre y apellidos.