En una pension alemana

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La criada salió de la negra puerta al fondo del patio, llevando las botas de él. Tiró una al suelo, metió la mano dentro de la otra y la miró, contrayendo las mejillas. Acto seguido se inclinó hacia delante, escupió en la puntera y se puso a sacarle brillo con un cepillo extraído del bolsillo de su delantal.

«¡Puerca! —se dijo—. Vaya usted a saber cuántas enfermedades infecciosas se estarían gestando ahora en aquella bota. Anna debía despedir a aquella chica, aun cuando tuviese que arreglárselas sola algún tiempo. Sí, tan pronto como se levantara y pudiera moverse de nuevo. ¡Con qué gesto dejó caer una de ellas y escupió en la otra! Sin tener en cuenta de quién eran aquellas botas que estaban a su cargo. No tenía ni la más leve idea del respeto debido al amo de la casa.»

Llamaron con un discreto golpe y su madre entró. Cerrando tras de sí la puerta se recostó contra ésta.

Andreas notó que su toca estaba ladeada y que un largo mechón de sus cabellos le caía sobre los hombros.

Fue hacia ella y la besó.

—Buenos días, madre. ¿Cómo está Anna?

La anciana habló apresuradamente juntando y abriendo las manos.

—Andreas, haz el favor de ir a buscar al doctor Erb en cuanto te hayas vestido.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Está mal?


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