En una pension alemana
En una pension alemana Frau Binzer asintió con un gesto de cabeza, y Andreas, observándola atentamente, vio que de pronto, su rostro cambiaba de expresión; una fina red de arrugas parecÃa surgir desde debajo de la piel hacia la superficie.
—Siéntate un momento en la cama —dijo—. ¿No te has acostado aún?
—No, pero no quiero sentarme. Tengo que volver a su lado. Anna ha estado sufriendo toda la noche. No ha querido que se te molestara hasta ahora, porque decÃa que anteayer parecÃas estar muy deprimido. Le dijiste que habÃas cogido frÃo y está muy preocupada.
Andreas se sintió directamente acusado.
—Bueno, fue ella quien me obligó a decÃrselo. Me lo sacó a la fuerza. Ya sabes de qué forma se las arregla.
Nuevamente Frau Binzer asintió con la cabeza.
—SÃ, ya sé. Pregunta si tu resfriado va mejor y dice que en el cajón grande a mano izquierda hay una muda de abrigo.
Andreas, sin pizca de ganas, carraspeó por dos veces.
—Sà —repuso—. Dile que noto la garganta despejada. Creo será mejor que no la moleste.
—SÃ, es mejor, y además, Andreas, el momento ha llegado.
—Estaré listo en cinco minutos.