En una pension alemana

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Cuando entró en la cocina por las botas, la criada estaba inclinada sobre el fogón preparando el almuerzo. «Sin duda estará echando el aliento en la comida», pensó, y se mostró muy seco con la muchacha. Ella no lo notó. Estaba henchida con el terrible alborozo y la importancia de lo que estaba ocurriendo arriba. Le parecía estar aprendiendo el secreto de la existencia cada vez que respiraba. Había puesto aquella mañana la mesa diciendo «niño» en el momento de colocar el primer plato y «niña» al poner el segundo. Decidiéndose por «niño» al colocar el salero. «Estoy en un tris de decírselo al amo para tranquilizarle», pensó. Pero éste no le dio oportunidad de hacerlo.

—Ponga —le dijo— otra taza en la mesa, por si el doctor quiere tomar café.

—¿El doctor, señor?

La sirvienta sacó una cuchara de una cazuela y dejó caer un par de gotas de grasa en el fogón.

—¿Tengo que freír alguna cosa más? —Pero el amo se había ido ya dando un portazo.

Caminó calle adelante. No había nadie por allí, ni muerto ni vivo, en aquella mañana de domingo.


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