Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Les di buenos caballos, los vestÃ, les di carabinas de las que hicieron recortados y una lata de caballerÃa para llevar entre las caronas.
Y partieron…
Mis órdenes eran robarle al indio Blanco.
El Cautivo era baqueano del Cuero.
Lo que trabajasen serÃa para ellos.
Volvieron con algo. No se trabaja y se expone el cuero sin provecho, discurren los menos calculadores.
Se repitió la excursión, tres veces más hasta que el indio Blanco se alejó. Él no podÃa calcular, detrás de los Voluntarios de la Pampa, cuántos más iban.
Confieso que al mandar aquellos diablos a una correrÃa tan azarosa, me hice esta reflexión: si los pescan o los matan poco se pierde.
Fue una de las causas que me hizo no recurrir a los pobres soldados.
Los Voluntarios de la Pampa acabaron por hacerme a mà un robo.
Los tomé y por todo castigo les dije, devolviéndoselos a Hernández:
—¿Qué les he de hacer? Ya sabÃa que eran ustedes ladrones.
No se juega mucho tiempo con fuego sin quemarse.
Han llegado las mulas.
Es cosa resuelta que hoy no duermo donde querÃa.