Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Mi lenguaraz se fue con las chinas al toldo, se cercioró de que no habÃa indios en él y volvió con una ponchada de algarrobo.
Es un entretenimiento muy agradable ir a caballo masticando o chupando esa fruta.
Asà fue que en tanto caminábamos funcionaban las mandÃbulas.
Ya no Ãbamos por entre montes, quedando éstos al naciente, al poniente y al frente en lejanÃa.
HabÃamos llegado a un campo que quebrándose en médanos bastante escarpados, semejaba el paisaje a las soledades del desierto de Arabia.
La vegetación era escasa y pobre. El guadal profundo. Los caballos caminaban con dificultad.
La mañana estaba lindÃsima.
VeÃamos toldos en todas direcciones, lejos; pero indios, jinetes, ninguno.
Y era lo que más deseaban todos.
—Ver indios, indios, eso es lo que quisiera —decÃan los franciscanos; y yo les replicaba—: Tengan paciencia, padres, que quién sabe si no es para un susto.
De médano en médano, de ilusión en ilusión, de esperanza en esperanza, llegamos a la Verde.
SerÃan las diez de la mañana.