Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Me puse a soñar despierto, y después de hacer unos cuantos castillos en el aire, llamé un asistente y le ordené que hiciera fuego.
Cuando la vislumbre del fogón me anunció que mis órdenes estaban cumplidas, hube de levantarme.
Seguà morrongueando y contemplando las estrellas que tachonaban el firmamento, anunciando ya su trémula luz la proximidad del rey del dÃa, hasta que sentà hervir el agua.
Levantéme, sentéme al lado del fogón y mientras mi gente dormÃa como unos bienaventurados, yo apuraba la caldera, junto con Carmen, echándonos al coleto sendos mates de café.
Carmen habÃa salvado un poco de azúcar, felizmente; y a propósito de esto, tuve que resignarme a escuchar su cariñoso reproche de que no diera tanto, porque pronto nos quedarÃamos sin cosa alguna.
Yo estaba distraÃdo, viendo arder la leña, carbonizarse, volverse ceniza y desaparecer la materia, por decirlo asÃ, cuando Carmen exclamó:
—Ya viene el dÃa.
—Pues despierta a Camilo —le dije— que venga a tomar mate.
Dicho esto cambié de postura, me recosté sobre el brazo derecho y me quedé dormitando un momento.