Una excursión a los indios Ranqueles

Una excursión a los indios Ranqueles

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Los buenos días de Camilo me hicieron abrir los ojos, y enderezarme perezosamente, haciendo con los brazos una especie de aleteo que duró tanto cuanto mi boca se abrió y cerró para bostezar.

A1 sentarse Camilo le oí decir: ¡Buen día, amigo! Y como la salutación despertara en mí la curiosidad de saber a quién se dirigía, tendí la vista alrededor del fogón y vi un indio rotoso, sin sombrero, tiritando de frío, acurrucado como un mono al lado de la bolsa en que Carmen tenía el azúcar, chupándose los dedos de la mano derecha y metiendo la izquierda con disimulo en aquélla.

—¿Cómo va, hermano? —le dije.

—Bueno, hermano —contestó fingiendo un estremecimiento, y añadió, llevando un puñado de azúcar a la boca—: Mucho frío ese pobre indio.

Le hice dar un poncho calamaco que llevaba entre mis caronas.




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