Una excursión a los indios Ranqueles

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Continué conversando, y supe que había pasado la mayor parte de la noche cerca de nosotros; que su toldo estaba inmediato; que cuando había vuelto a él, el día antes, después de haber andado con la gente de Ramón, se había encontrado sin su familia, la que junto con otras andaba huyendo por los montes, porque decían que los cristianos traían un gran malón; que el indio Blanco, que había llegado de Chile al mismo tiempo que yo, era el autor de la mala nueva; que todos estaban muy alarmados, que habían mandado tres grandes descubiertas para el norte, para el naciente y para el poniente, por los caminos del Cuero, del Bagual y las Tres Lagunas, cada una de cincuenta hombres, y que la alarma duraría hasta que no viniese el parte sin novedad.

Era la confirmación de mis conjeturas.

¡Quién sabe lo que va a suceder —decía yo para mis adentros—, si las tales descubiertas avanzan demasiado sobre las fronteras de San Luis, Córdoba y sur de Santa Fe! Nada extraño tiene que las sientan, que las tomen por una invasión, que las fuerzas se muevan y salgan al sur, y que los descubridores traigan un parte falso.

Los franciscanos me sacaron de estas reflexiones dándome los buenos días, y sentándose en la rueda del fogón, que convidaba con sus hermosas brasas.


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